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Vladimir Uribe Ramos
He comprobado que educar y formar niños no es nada fácil. Creí que al concluir mis estudios en Educación Primaria, sabría todos los secretos del manejo de un aula, la formación de los niños, la resolución de los problemas dentro del aula; pero hasta que concluí mi carrera, nadie me enseñó como enfrentar los problemas que se presentan dentro de aula cada día. Lo poco que sé, lo aprendí con el día a día. Los nuevos docentes y los que ya tienen experiencia, siempre necesitan de recursos para desarrollar sus actividades diarias, para solucionar problemas dentro del aula, para estimular a sus alumnos en el aprendizaje, formando en ellos el hábito del estudio.
¿Cómo manejar a los niños problema? ¿Cómo trabajar con los padres de familia? ¿Dónde encuentro algún libro que me ayude a enfrentar estos retos? Espero que esta página les sea de mucha utilidad a todos los docentes que necesitan de instrumentos para formar de manera adecuada y eficiente a sus alumnos de educación primaria.

I.E.P. MI PERU-2004
MIS ALUMNOS 2004
MI PRIMERA PROMOCION
I.E. Nº 22724 - 2007.
MIS ALUMNOS 2007
PROMOCION 2007
I.E. Nº 22299 - CCF.
MIS ALUMNOS 2009
1º B

MIS CUENTOS

LA HONDA
Ya había terminado de cumplir sus deberes y de ayudar a sus padres a limpiar el cuarto donde guardaban todas las herramientas de la casa, cuando decidió salir a pasear por las calles de su barrio y jugar con sus amigos, como lo hacía cada tarde, disfrutando de sus vacaciones. Se puso las medias y las zapatillas, recordando los consejos de su madre; cogió su gorro y se dispuso a salir despidiéndose de su padre.

- ¡Cuídate! -le dijo su padre.
- Así lo haré.

Estaba cerrando la puerta de su casa, cuando recordó que se olvidaba de algo y entró dirigiéndose a su cuarto. ¿De qué podría olvidarse un niño de diez años para salir a pasear? ¡Veamos!

Entró a su cuarto, buscó entre algunas cajas y encontró lo que tanto buscaba: ¡Una pequeña honda de colores! Levantó algunas cosas y extrajo de la caja la pequeña honda que tanto buscaba.

Mientras se dirigía a la casa de su mejor amigo, iba recogiendo, por la calle, algunos guijarros que, después de seleccionarlos, los guardaba en los bolsillos de su short azul. Cuando llegó a la casa de su mejor amigo, pulsó el interruptor del timbre y esperó sentado sobre la vereda. Mientras esperaba, que no fue mucho, cogió una ramita seca del jardín y la usó como un palillo para escarbar entre los agujeros de los hormigueros. “¡No se alejen mucho de la casa!”, se oyó una voz mientras Julio cerraba la puerta de su casa.

- ¡Hola! -saludó Julio-. Vamos a buscar a Martín.
- Debe estar jugando play station y no quiero que mi mamá se entere que he ido por ahí -contestó Pedro.
- Sí, te entiendo -replicó sonriendo Julio-. La vez pasada que tu mamá se enteró que habías ido ahí, no te dejó salir una semana.
- ¡Cómo no lo voy a olvidar! -exclamó Pedro-. ¿Crees que soy tonto?

Los dos amigos caminaron por las calles, mientras Julio recogía algunos guijarros para su honda. “Es muy grande... Es muy pequeño...”, le decía Pedro a Julio, mientras seguían recogiendo las piedrecillas más apropiadas para usarlas como pequeños proyectiles en sus hondas de colores. Mientras conversaban de las cosas que hacían y de las cosas que dejaban de hacer, jugaban al tiro al blanco con algunos objetos que encontraban entre los montículos de desperdicios de algunas esquinas. “¡Pucha..., casito!”, solían decir cada vez que disparaban sus hondas ante alguna cosa que trataban de atinarle. “¡Yo tengo más puntería que tú!”, se decían mutuamente. Seguían caminando y seguían encontrando más objetos para dispararles y seguían compitiendo entre ellos. Cuando encontraban algún objeto propicio para sus juegos, se turnaban entre ellos después de regirse al yankempó, para saber quién disparaba primero.
De todas las veces que disparaban hacia algo, siempre era Pedro el que solía dar en el blanco. “¡Tú siempre ganas!”, decía Julio cada vez que Pedro atinaba en el blanco. Julio también daba en el blanco, pero muy a las quinientas, y cuando lo hacía saltaba con los brazos extendidos gritando: “¡Le di…, le di!”. En alguna ocasión, cuando jugaban lo mismo, Julio había acertado y cuando se aprestaba a celebrarlo, se dieron cuenta que el proyectil había rebotado en el blanco y golpeó contra la puerta de madera de una casa vecina. “¡Corre! ¡Corre que nos alcanzan!”, corrieron a toda prisa procurando no ser vistos por los dueños de aquella casa. “¡Menos mal que la puerta era de madera!”, se habían dicho muy asustados en aquella oportunidad.

Pedro y Julio estaban caminando por el parque de su barrio, cuando de pronto, Julio notó una pequeña tórtola entre las ramas de una acacia. “¡Mira esa tortolita!”, dijo Pedro, y Julio poniendo su dedo índice sobre sus labios, como señal de silencio, le dijo casi murmurando: ¡No... Hagas... ruido...!”.

PRIMER FINAL.
Los dos disputaban sobre quién sería el que le iba a disparar con la honda a la tórtola, hasta que se pusieron de acuerdo y al concordar que Pedro era el que tenía mejor puntería, se decidió que fuera él. Los dos se aproximaron lo más que pudieron sigilosamente; Pedro más adelante que Julio. Escogió una de las piedrecillas, el que le pareció más apropiado, lo colocó en la badana de su honda, apuntó con sumo cuidado hacia la pequeña tórtola, contuvo la respiración, tensó la honda y soltó el disparo. De un certero tiro, la piedra impactó en pleno pecho de la avecilla, la cual cayó de la acacia dando sus últimos y torpes aletazos de agonía. Ambos corrieron a recoger la pequeña tórtola y Julio la levantó del suelo; pero la pobre murió en las manos de él, abriendo su pico como para tomar todo el aire que le fuera posible, procurando retener la vida. De entre su pequeño pico que se abría con cada espasmo de muerte, manaba un hilillo de sangre. Uno de sus pequeños ojos pareció centrarse en el rostro de Julio, un pequeño ojo que parecía demostrar un asombro, una pregunta: “¿Por qué?”. Pero murió sin obtener respuesta, murió con los ojos abiertos, sangrándole el pequeño y delicado pecho, por el cual escurría la sangre.
Pedro y Julio se miraron fijamente y ya no sonreían como cuando acertaban en el blanco, sino que tenían en sus miradas una tristeza que no imaginaron tener.

- ¡Yo no quería...! –dijo tristemente, Pedro- ¡Yo no quería...!

En unos árboles más adelante del mismo parque, había un pequeño nido con dos crías de tórtola que gorjeaban tristemente llamando a su madre. Eran más de las seis y, la luz y el calor de la tarde se perdían en el comienzo de la noche. Las pequeñas avecillas gorjeaban pidiendo alimento, pidiendo calor, pidiendo la protección de su madre.

Moría la tarde y llegaba la noche, y las avecillas clamaban al viento a una madre que nunca llegaría.

SEGUNDO FINAL.
- ¡No hagas ruido! –Dijo Pedro muy despacio, mientras se le acercaba Julio.
- Pedro…, Mejor no le dispares…, Mejor miremos qué está haciendo –propuso Julio, procurando hacer menos ruido que Pedro.

Los dos se acercaron cuanto pudieron y se sentaron a observar qué es lo que hacía la pequeña tórtola. Pedro y Julio, con las hondas en las manos, vieron que la avecilla miraba fijamente hacia unos árboles más adelante, al cual voló casi de inmediato. Ambos la siguieron y la vieron posarse en un pequeño nido donde había dos crías. Los dos se sentaron y vieron como la tórtola regurgitaba para alimentarlos. Ellos vieron como los pequeños polluelos, desde su nido, asomaban las cabecitas al ver que había regresado la tórtola para alimentarlos y abrigarlos.

- ¡Mira…, tenía hijitos! –dijo, Julio.
- ¡Huy…, si la hubiéramos matado, quizás sus hijitos también hubieran muerto –replicó Pedro.
- Recuerdas cuando el profesor dijo: “¡Todas las aves son criaturas de Dios y que alegran los días con sus cantos!”.
- ¡Claro! –dijo Pedro. ¡Y que tenemos que respetar la vida de cada ser viviente!, ¿Te gustaría que alguien te maltrate?
- ¡Claro que no! –contestó Julio.

Eran más de las seis, y la luz y el calor de la tarde se perdían en el comienzo de la noche. Las pequeñas avecillas ya se habían alimentado y ya tenían la protección de su madre. Pedro y Julio, también fueron a buscar el calor de sus casas y la protección de sus padres.

Fin.

Autor: Vladimir Victor Uribe Ramos.

28 de marzo del 2003.

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